Un día de esos

 

por Stella Maris Zaffaroni

 

 

Hoy me levanté hecha una Tota ¿viste?...¿cómo que no entendés?, ¿vos no tenés esos días que te levantás y te agarran como unas ganas de alpargatas y batón?...¡eso, una Tota!. Entonces rescaté una bata medio peluda del ropero del cuarto de huéspedes, me calcé las alpargatas y chancleteando nomás crucé el living con sus sillones de almohadones gorditos, me desplacé por el comedor brillante y ordenado, doblé y me fui para el patio del naranjo que tenía ese aire finito de invierno y un único rayo caía sobre el macetón... y ahí me agarró el bajón.

El naranjo se murió…un día lo encontré sequito, sequito… ni una raíz tenía, según pude ver cuando lo desenterré. -Así son las plantas, se las desentierra cuando mueren, y vos querés entenderlas-me dijo Macarena en aquél momento. La cosa es que, te dije que me sentía una Tota y cuando me siento una Tota me da por amasar, hacer ravioles, cocinar flanes y reunir a todos y sentarlos a la mesa del comedor…y los niños corren por toda la casa y cuando se van los almohadones son una bola, las cortinas tienen trozos de flan, los pisos ni se sabe de qué color fueron y la madre (o sea una) está radiante en medio del pegote.

Me senté mirando la fuentecita y justo me había puesto a llorar cuando entró Macarena y la ráfaga de aire helado de la calle.

-Estamos fritos, hay helada en los campo, en tres días vuelven las lluvi.¿a vos qué te pasa?- me miró fijo y sin decir nada pescó el teléfono.

-Teté, te venís de una para acá. Chichí está con el salto de cama antiguo sentada mirando la fuente…ya sabés…-colgó y se fue a preparar el mate.

Y ahí quedé sentadita, mirando correr el agua, rodeada por las plantas, al lado de la maceta vacía.

 

 

-Pichona-decía Teté al tiempo que posaba un beso en mi mejilla-animate un poco-pasó una mano fresquita por mi pelo y la dejó aleteando sobre mi brazo.

-Teté-lo miré- sos una mariposa.

- Gracias- dijo y se le pusieron brillantes los ojos.

De golpe se enderezó- No te puedo ver…parecés una estatua de placita de mala muerte, solo te faltan algunas flores de plástico…esto se terminó.

- Hagamos algo-Macarena venía llegando con la bandeja.

-Tomate un mate- Teté me enchufó la bombilla en la boca.

- Es que los chicos están lejos, el limonero se murió….toda la casa se mantiene en orden, si amaso nadie come el pan porque ustedes están a dieta…ni a mí me gusta el flan.

Ellos se miraron, me miraron y me abrazaron…la cara de una contra este lado de la mía…la cara del otro contra aquél lado de la mía…y ahí quedé yo con… ¡Parezco una hamburguesa al pan! Dije y la risa quebró el momento y revoloteó por el patio como una torcaza.

 

 

Un rato más tarde nos fuimos en comandita a comprar un limonero, además nos trajimos un naranjo “Para que se acompañen ¿viste?”, unos rosales “porque estaban baratísimos ¿te fijaste?” y un Ficus “a estos no los mata nada…”dijo Teté en un guiño de complicidad.

-Ahora a cocinar para los chicos- Macarena encendió el auto.

-¿Qué chicos?, ¿de qué hablás Dear?

-De los de éste- el dedo de ella se clavaba en el hombro de él.

-Macarena ¡sos mi ídola!-grité alborozada y los abracé.

-Largá que chocamos- alborotaba Macarena al volante.

 

Amasé panes, armé ravioles, cociné flan y nos fuimos al hogar para niños donde colabora Teté.

Y esa noche regresé a casa con una sonrisa estampada en la cara pegajosa de besos de nenes con flan.

-¿Cuándo tendré otro día de Tota? Dije en un suspiro.

- Por ahora no ¿me explico?. Dijeron Teté y Macarena al tiempo que me miraban fijo.

 

Chichí