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Mañana de otoño
por
Stella Maris Zaffaroni
Serían las 8 cuando me desperté; digo porque estaban sonando las campanas del Seminario.
Bajé de la cama sintiendo lo cálido de la casa a mi alrededor, me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas…mañana de sol, con una niebla baja que ponía un chal de tul sobre los hombros de la ciudad, el agua azul allá en el horizonte traía el presagio de un bello día.
Abrí la ventana que da para 18 para aspirar el aroma del amanecer…arrancó un ómnibus y la nube negra me regresó a la tierra. Así que cerré y fui a despertar a Emilio.
¿Cómo a quién?, ¿no te conté que se llama Emilio? Sí, sí, sí me encantó Emilio…entonces le desperté y me fui en busca del café descorriendo cortinados a mi paso por los cuartos…me sentí…Sissy emperatriz, regia. Serví el desayuno en una bandeja para ir a tomarlo allá, con Emilio, corrí el cortinón del ventanal del patio del naranjo y me quedé mirando los tonos de rosa y como verde y azul de la mañana de otoño…maravilloso.
Entonces desanduve el camino, portando la bandeja, mirando las tostadas calentitas, y ansiosa por las noticias que Emilio me traería.
Llego y él, ya totalmente despierto, me dice que la temperatura es de 2 grados…¡se congelaron las tostadas, se hicieron bloques de hielo mis pies, empezó a gotear mi nariz, largué todo y fui a ponerme un salto de cama, a meter los pies en algo abrigado, a prender las estufas…se abre la puerta y grito -Cerrá que nos helamos.
-¿Estás loca?-Macarena me besaba- ¡Qué aire tan vigorizante, vengo caminando desde Soriano y realmente…- decía al tiempo que abría el cierre de la campera.
-Dear abrigate- le puse una bufanda, le encajé un gorrito-¿ya te vacunaste contra la gripe?
-¿Y vos te vacunaste contra la pavada?- se sacó la bufanda, se arrancó el gorrito, se desprendió el camperón.
Se me acercó y pasó la mano por el salto de cama (capitoneé de terciopelo, cerrado hasta el cuello, mangas con puño…era de abuelita), miró las pantuflas (gruesas, mullidas, de piel…era de una oveja).
-¿Te sentís mal?, tú siempre andás paseándote con el pijama de seda-me ponía la mano en la frente-¿te duele algo?
-No, es que cuando Emilio me dijo que …
-¿Emilio?-los ojos de Macarena eran dos tortas fritas-¿tenés un algo con él?, ¿te llama en las mañanas para darte los buenos días?, ¿es un romántico?, de dónde lo sacaste, contame , contame- la mano de Macarena me agarró con fuerza.
-Dear, parecés una cacatúa- traté de soltar su mano de mi brazo- no te hagas la boba porque ya lo sabés- la miré extrañada- hace mil que está en casa.
Macarena cayó sentada así como de golpe.
-¿Hay un Emilio acá?, ¿y vos con esa pinta?,¿qué pinta él en tu vida?¿Hace mil y yo en Babia?- se llevó la mano al pecho- he perdido mis dones.
Me miraba como si no me conociera, los ojos como opacos, un poco que me asustó.
-Dear cerrá la boca- le empujé la pera para arriba- te estás babeando- le pasé un pañuelito, ¿de seda, con bordaditos?…seguro de abuelita porque estaba en el bolsillo.
-Bueno la cosa es que venía toda chocha con la bandeja y, cuando Emilio me dice…
-Pará pará pará- Macarena se paró- Entendí bien…El Emilio está acá, en este momento.
-Siempre estuvo.
-¿Dónde?
-En el escritorio, Dear- empecé a correr porque ella trotaba hacia allá.
-¿Dónde está?- miraba para todos, lados parada en medio de la habitación.
-Ahí- dije mirando la computadora- le llamo Emilio por lo de los e-mail- dije con el brazo apuntando para aquél lado- al fin que es un robot y merece un nombre.
-Chichí- dijo ella al tiempo que explotaba en carcajadas- Sos de lo que no hay- me pasó un brazo por lo hombros- vamos al patio del naranjo a tomar unos amargos bien cebados. ¡E-mail!, ta bueno- se reía bajito.
-De paso podemos planear cómo le vamos a decir a Teté.
-¿Qué?
-Que tengo un Emilio en el escritorio y no se lo presenté.
-¡Adoré!- exclamó Macarena, me dio el brazo y nos fuimos, envueltas en nuestra tramada intriga y taconeando al compás de las carcajadas.
Chichí