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Zen atigrado
por Stella
Maris Zaffaroni
¡Tres días tres! Que llueve y llueve y llueve...apoyé la frente contra el
cristal de la ventana...y me di cuenta que no era niebla sino mugre así que me
fui para la despensa y pesqué guantes, trapos ,
limpiavidrios...¡Plafff! –Por el portazo es Macarena.
-Dear toy quí-grité con voz aniñada.
-¿Hoy te levantaste para la pavada?- dijo y me di cuenta que venía
chanfleada... mmm y te digo que Macarena de mal humor es ¡¡un tigre
de bengala!!!
-Dear, tenés chispitas...
-Llueve-dijo Teté al tiempo que colgaba su gabán.¿Chispitas?-
me miraba fijo.
-Seee...como lucecitas en los ojos.
-¿En serio?, ¿o sea que parezco una luz de bengala...?
-Mismo- dije y pesqué la escalera.
-¿Dónde vas?
-A limpiar los vidrios.
-¿Cómo se te ocurre?-me arrebató todo de las manos.
-Nivel, chicas, nivel- Teté se dejó caer en la reposera- ¿para qué habrán
gastado dinero sus padres en un colegio de monjas?
La otra pescó el teléfono- ¿Charo?...cuando termines ahí venite para lo de
la señora Chichí que necesita una mano-dijo y colgó.
-¡Nivel!, eso, ¿cómo se te ocurre limpiar vidrios?
-¿Y qué tiene de malo?- la miré con asombro.
-¿Quitarle el pan de la boca a las limpiadores en tiempos de crisis?,¿qué tiene de malo?- echaba chispas por los ojos-¡Eh?
-Nivel, chicas, nivel-la mano de Teté sacudía con gracia el aire.
-Ah- dije anonadada- nunca se me ocurrió- el sillón de mimbre crujió
debajo de mí.
-Porque sos como piruja- su voz ya era más calma –Pasame un mate.
-Nunca hice.
- Armalo que tengo sed.
-Mientras yo les cuento algo- Teté se arrellanó como una gallina clueca y dijo:
-Una historia Zen cuenta que un monje estaba trepando por una escarpada
montaña. De pronto, ante él, apareció un tigre que rugía y le cerraba el
paso... A su espalda, la pendiente se convertía en un abismo inmenso.
Mientras decidía qué hacer, el monje volvió la mirada a la ladera que
tenía a su lado. Allí sus ojos se fijaron en una pequeña planta que había
conseguido arraigar en una grieta. Y del único tallo de la planta colgaba
una perfecta fresa salvaje, roja y madura, que resplandecía con el rocío.
El monje extendió la mano, arrancó la diminuta fruta, la saboreó con la lengua
y cerró los ojos extasiado.
Un silencio muy armonioso nos cubrió como un manto.
Teté cruzó las manos sobre su pecho y se recostó plácidamente.
Yo suspiré y me entretuve mirando la fuente, la caída graciosa del agua.
Y Macarena, que estaba de pie en el vano de la cocina dijo:
- El tigre extendió la zarpa, arrancó un cacho al monje, lo
saboreó con la lengua y cerró los ojos extasiado.
-¡Qué bestia!-suspiró Teté y seguimos tomando mate.
Chichí