Negro azabache
Por
Stella Maris Zaffaroni
La mañana se presentaba pesada y húmeda.
Soplaba el viento del Norte en ráfagas calientes y puertas y ventanas se
golpeaban aquí y allá. Los bocinazos y el chirriar de los neumáticos competían
en la avenida y yo llegué a la oficina deseando que ya fueran las 8 de la
noche.
En la sala me esperaban los sillones
vacíos de clientes y en mi escritorio una mariposa muerta brillando bajo el
rayo de sol que convertía el polvo en terciopelo.
-Gracias por venir-le dije a la mariposa y
la deposité en la papelera.
Abrí la ventana y el cuarto se llenó de
ruidos, calor y hollín, así que decidí que era más fresco el calor de ayer que
estaba aún adentro.
Me senté tras el escritorio y miré el
teléfono; pero siguió sin sonar. Así que tomé las facturas impagas y las ordené por fecha, luego por monto. Nada
resultaba porque seguían impagas. Entonces busqué un trapo, que guardo para
momentos de aburrimiento, en el último cajón del archivador y lo pasé por los
muebles, abrí la ventana y sacudí el trapo contra la ola de ruido y calor y me
sentí mejor por haber colaborado con la polución.
Luego me senté, y miré el teléfono y sonó.
Creí que alucinaba así que dejé que siguiera sonando hasta darme cuenta que
realmente alguien llamaba.
Cuando levanté el receptor escuché- Por
fin ¿es que ahí nadie trabaja?- la voz era tan fría que bajó la temperatura del
lugar.
-Estaba cerrando un caso-dije mientras
acomodaba los pies en los zapatos.
-¿Es usted la persona a cargo?, necesito
contratarla de inmediato.
-No hago visitas a domicilio- contesté con
un ojo puesto en las facturas impagas.
- Es muy urgente y no puedo salir de casa,
¿acaso sabe con quién está hablando?
-Yo no-dije al tiempo que tomaba un lápiz
y empezaba a sumar las boletas- ¿y usted?
-Eso no tiene gracia, soy la viuda de El
Vasco- dijo y el lápiz se congeló en mi mano.
El Vasco era el dueño de todo el submundo;
el contrabando, el tráfico de drogas, el robo de ganado, todo era controlado
desde su cabeza, la cual fue encontrada en un charco de sangre dos meses atrás.
No había policía de la cuidad que quisiera resolver el caso porque era igual a
abrir una bolsa de gatos rabiosos.
-¿Y para qué me necesita?-enderecé el
cuerpo, dejé en paz las facturas y presté atención.
-Cuando mi marido murió me enteré que
tenía dos hijos con una mujer, mellizos. Los reclamé porque son su única
sangre. No se asombre yo no puedo tener hijos y me parece bien aceptar los
suyos y que sean sus herederos. La corte lo entendió.
Ya me imaginaba yo cómo lo había
entendido, o cuánto, me recosté en el sillón y pregunté:
- ¿Entonces para que le hago falta?,
parece tener todo resuelto.
-Es que, aunque a la madre de los niños se
le pagó, ella se presenta acá, molesta, pide cosas. En fin, le mando el auto
para que venga.
Dije que no, siempre prefiero mis propios
medios. Colgué luego de que me diera su dirección y me despedí del polvo del
despacho. Cuando cerré la puerta un rayo de sol iluminaba las facturas sobre el
escritorio.
La dirección era de un barrio de esos
donde controlan hasta la temperatura y cada casa tiene su propio universo.
Desde afuera solo se veía un cerco de plantas. Tras el cerco de plantas, había
un sendero para autos. Se ve que las visitas no venían a pie. Tomé por él y
noté que el gran jardín estaba solitario; en algún lugar se ocultaban las
cámaras de seguridad porque al acercarme a la puerta ésta se abrió al tiempo
que una voz metálica me invitaba a pasar. Extrañando a los mayordomos ingleses
entré en el vestíbulo en penumbras y me dirigí hacia la silueta que se
recortaba en el ventanal que estaba como a doscientos metros de la puerta.
Al final del piso pulido y cerca de una mesa,
con su pierna rozando una butaca estaba mi clienta.
Extendí la mano que quedó colgada en el
aire y la miré.
Los ojos de la mujer eran negros y fríos y
brillantes como cuentas de azabache.
-¿Entendió que quiero que llegue a una
acuerdo con la madre para que desaparezca?
-¿Temporalmente?
-Para siempre-dijo y dejó caer su mano
blanca y seca que hacía juego con el abrecartas de marfil que saltó por causa
del golpe en la mesa.
-No me ocupo de desapariciones
permanentes- dije al tiempo que enfilaba los doscientos metros hasta la puerta.
-Para eso me sobra gente.- Colocó el
abrecartas en su lugar- Quiero una desaparición permanente y legal. Es la madre
de los chicos.
La miré porque si había algo de humano en
ella no me lo quería perder. Solo vi a una mujer fuerte y determinada.
-Está bien- dije y me senté.
La madre era una personita graciosa y
pequeña y pensé que para El Vasco debió ser
un descanso estar con ella.
Le expliqué los términos del arreglo final
y ella, entre lágrimas y sollozos, estuvo de acuerdo.
Sus manitas suaves de uñas rosadas no
paraban de moverse. Agitaba el aire como si quisiera borrar un mal recuerdo. Solo
puso una condición: quería ver el lugar donde iban a crecer sus hijos, y luego
se borraría para siempre.
Como mi clienta estuvo de acuerdo volví a
transitar el curioso camino entre las plantas y a escuchar la voz metálica
diciendo adelante y a recorrer los doscientos metros, solo que esta vez iba
acompañando una música de suspiros.
Ella seguía casi en el mismo lugar, ni nos
saludó, ni nos miró.
-Mire lo que quiera- dijo y señalando a
una mucama- Ella la va a acompañar.
Quedamos ahí, de cara al ventanal que
mostraba un jardín con la exuberante madurez del verano.
Ella se sentó en una butaca al lado de la
mesa, yo crucé el ventanal y fui al jardín a fumar, no quería que el ambiente
me contaminara.
Cuando la madre bajó dijo:- Gracias- se
acercó a la mesita, tomó el abrecartas y se lo hundió en el pecho a la viuda-
Ahora sé que van a vivir bien, su padre los amaba.- terminó de decir esto y se
sentó en la otra butaca con sus suaves manitas de uñas rosadas sobre el regazo.
Los ojos de la madre brillaban satisfechos.
Los ojos de la viuda no brillaban; eran negros,
fríos y opacos como carbón y la mano que
estaba agarrotada en el abrecartas se veía más color marfil que nunca.
Y yo entré y me senté, al fin que ya nada
podía contaminarme.