Tormenta eléctrica
por Stella Maris Zaffaroni
Ella estaba de pie y mirándome directamente
a los ojos y recordé que casi no nos habíamos visto frente a frente.
Cinco días atrás tenía la misma oficina y
tal vez el polvo que hoy luce sea el mismo también.
Fue un día de calor y la tormenta que
estalló a media mañana quitó la luz, enlodó las calles y alborotó a las moscas
que se metían por las ventanas.
Cerré los vidrios y mi frente se perló de
gotones casi tan gruesos como los que golpeaban el techo. Decidí encender el
ventilador y me agaché para enchufarlo justo cuando se abrió la puerta.
Así que la primera vez que la vi empecé a
mirarla desde los tobillos y creo que nunca llegué a los ojos.
-Tome asiento- dije señalando la silla para
los clientes- ¿fuma?- le alcancé el atado.
-Gracias- dijo- Es solo un minuto. ¿Tiene
licencia de detective...?
-Sí - saqué un cigarrillo.
-¿Porte de armas...?
-Oiga son demasiadas preguntas para no
haber dicho ni buenos días. ¿Qué quiere?- Solté el humo hacia ella; pero la
ráfaga del ventilador lo dispersó.
-Quiero que me cuide la espalda- contestó
al tiempo que sacaba de la cartera un fajo de billetes.- ¿Acepta?
La gente que muestra billetes tan rápido me
da mala espina.
-Eso depende de por dónde piensa pasear su
espalda.
-Hay un hombre, fue mi hombre, ahora se
casa con la hija del ministro- sus párpados se alzaron y por un instante pude
verle los ojos que enfocaban la ventana.- Me pide que le devuelva sus cosas-
hizo una pausa y deslizó la mano empujando el dinero sobre el escritorio.
-¿Por qué no le propone que vaya a
buscarlas y se ahorra contratarme?- Me incliné y aplasté la colilla en el
cenicero.
-No aceptó- el ventilador agitó su pelo
negro y liso- Por eso quiero que me cuide la espalda. Mientras yo hago la
entrega usted se queda ahí, mira y espera.
-La llevo de regreso a su casa y le canto
el Arrorró...
-Puedo buscar a otra persona- había un tono
de propuesta en su voz.
El aire estaba pesado y húmedo, la
oscuridad era cada vez mayor y todo se veía gris.
Por unos minutos lo único que se movió en
el escritorio fue el ventilador.
Algo me molestaba. La miré, tenía los ojos
entornados, las manos en descanso y se veía cómoda, pensé en un gato.
-Está bien, déme los detalles-
Levantó la cabeza y me miró recto, el cuarto se iluminó con el
fogonazo de un relámpago y yo nunca supe si fueron sus ojos o la tormenta.
A las doce de la noche llegué a la puerta
de su casa, la tormenta era un concierto de truenos. Entre las gotas que
corrían por el vidrio vislumbré un edificio de varios pisos, con balcones
llenos de plantas, frente de vidrios
ahumados y chapas de bronce. Estacioné el auto, encendí un cigarrillo y me
dispuse a esperar. Unos minutos después sonó mi teléfono y escuché su voz
diciéndome: Siga mi auto. Una luz trepaba por la rampa; estaba saliendo del
garaje.
La cortina de lluvia hacía difícil ver y
tornaba resbalosa la rambla que seguíamos. Al final de una larga curva había
una pequeña plaza iluminada por un farol que tenía un halo de agua a su
alrededor.
El auto se detuvo bajo la luz.
Comenzó a soplar el viento, los árboles
sembraron la calle de florcitas.
Era cosa de esperar, así que encendí un
cigarrillo, conté las florcitas que estaban pegadas a l parabrisas y esperé
pensando que había mejores cosas para hacer en una noche de lluvia.
El viento sacudío
el auto, la lluvia se metió en el farol y solo los relámpagos iluminaron la
noche.
Sonó mi teléfono y escuché su voz: -Ya no
va a venir. – Dijo- Regresamos.
Me costó poner el motor en marcha después
de tres horas bajo la lluvia algo se había mojado. Lo logré y tomé rápidamente
la rambla maldiciéndola porque no me esperó.
Llegué al edificio a tiempo para ver cómo descendían
las luces rojas por la rampa del garaje.
Estacioné, prendí otro cigarrillo
prometiéndome que sería el último por hoy y le di tiempo para llegar arriba.
Apenas apreté el timbre escuché su voz que
dijo: Todo bien, gracias.
Me quedé un momento mirando mi cara
distorsionada en la chapa de bronce. Tiré el cigarrillo y me fui.
Aún dormía cuando sonó el teléfono. Me tapé
la cabeza con la almohada, inútil.
-Aló- gruñí.
-¿Ya leíste el diario?- reconocí la voz de
un detective amigo.
-Momento- Cuando me enderecé noté que tenía
la cabeza pesada y la lengua estropajosa, arrastré mis pies por el suelo hasta
la puerta y alcé el periódico.
Y ahí estaba ella. Ocupaba la mitad de la
primera plana, el resto eran letras gruesas y negras: Sospechosa de asesinato
-Ya vi, ¿ahora
qué?
-Pues que dice que tú sos su coartada, así
que ¿te mando buscar?
-Llego en media hora.
Puse a hacer el café y me metí bajo la
ducha.
Mientras sorbía el café leí toda la
crónica. El muerto era el ex novio, el que se iba a casar con la hija del
ministro. El que esperamos bajo la lluvia y nunca apareció.
Lo encontraron en la puerta de su casa con
un tercer ojo en la frente.
Un testigo la ubicaba a ella en la escena
del crimen, algo después de la media noche iluminada por los relámpagos o por
el fogonazo del disparo.
Ella declaraba que yo no la perdí de vista
desde las doce de la noche hasta más allá de las tres de la mañana.
Tomé otro sorbo de café.
Volví a mirarla en tapa del diario. La
tenía frente a mí mirándome directamente a los ojos y recordé que casi no nos
habíamos visto frente a frente.
Terminé el café y encendí un cigarrillo.
-Al diablo- pensé- ella es mi cliente y no
la hija del ministro.
Apagué el cigarrillo y me fui a la estación
de policía.